Relato de un náufrago llamado Sergio Moro

A propósito de la ascensión y caída (por ahora) del patrono de Lava Jato en Brasil

Daniel Cerqueira*

Publicado originalmente en Global Americans.

Ver versiones en inglés y portugués.

Hace poco más de un año, muchos brasileños se sorprendieron con el nombramiento del entonces Juez Federal Sergio Moro como Ministro de Justicia y Seguridad por parte de Jair Bolsonaro. Hasta este momento, el juez que condenó al expresidente Lula da Silva solía declarar que su vocación eran las leyes y no la política, pero justificó el cambio de criterio afirmando que el cargo de ministro tiene un perfil técnico y por la necesidad de impulsar reformas y garantizar la continuidad de los esfuerzos de combate a la corrupción. El ingreso de Moro al gobierno rindió un importante capital político a Bolsonaro, cuya aprobación siempre estuvo por debajo de la del exjuez. Al lado del Ministro de Economía Paulo Guedes, Moro fue una suerte de fiador de aceptación al gobierno por una parte importante de las clases media y alta de Brasil.

Tras 15 meses de una relación conturbada con Bolsonaro, Moro decidió saltar de un barco que se hunde en medio a un pandemonio institucional y a una de las peores crisis sanitarias y económicas del país. Según Moro, su decisión se debió a injerencias directas del presidente en investigaciones de la Policía Federal que podrían deslindar en la apertura de procesos penales en contra de al menos dos de sus hijos.

La ascensión política de Moro remonta a su fama de Hércules togado y al escepticismo de la población hacia el juego político-partidario que condujo el país a niveles estratosféricos de corrupción, al impeachment de Rousseff y a un vacío político llenado por el proyecto electoral que resultó en la victoria de Jair Bolsonaro en 2018. No es una tarea fácil explicar los ingredientes de este proyecto, pero lo resumimos, a grandes rasgos, a partir de cuatro frentes:

  1. ideológico, el cual se identifica con un discurso mesiánico de restauración de ideales conservadores amenazados por “valores izquierdistas” impuestos por gobiernos anteriores y alimentados por élites intelectuales y grandes medios de comunicación;
  2. anticorrupción, asociado al electorado pro-Lava Jato que se opone al intercambio de favores entre el gobierno y congresistas vinculados a escándalos de corrupción;
  3. económico liberal, con resonancia en el ámbito corporativo y en aquellos electores que apoyan la reducción de la participación del Estado en el sector productivo, la racionalización de la maquinaria pública y la modernización de la economía;
  4. militar, personificado en el gran número de generales y altos oficiales en cargos clave de articulación entre los demás frentes de sustentación política del gobierno.

La renuncia de Sergio Moro le quita una de las cuatro patas al cuadrúpedo presidencial, pero la distancia entre desgaste político y fin de un gobierno suele ser tan larga como compleja. Antes de que Moro renunciara, ya había señales de calambre en la pata anticorrupción. Cuando las alarmas del impeachment empezaron a sonar en Brasilia, producto de desgastes acumulados y de la respuesta irresponsable a la crisis del Coronavirus, descrito varias veces como una mera gripecita por Bolsonaro, éste ya venía acercándose al bloque parlamentario conocido como “Centrão”. Dicho bloque aglutina el bajo clero del Congreso y pequeños partidos dedicados a regatear votos a cambio de recursos, cargos públicos y toda suerte de concesiones por parte del Poder Ejecutivo, incluyendo arreglos corruptos y presiones a órganos de procuración de justicia para favorecer congresistas o aliados sometidos a investigaciones penales.

Con todo y su verborrea agresiva y su torpeza en sostener alianzas, Bolsonaro tiene en su hoja de vida casi tres décadas de brincos entre varios partidos del Centrão y conoce perfectamente cómo opera el inframundo del Congreso brasileño. Dicho historial, aunado al estrés político y social de un tercer impeachment desde la reconquista de las elecciones libres en 1989, un núcleo duro de un 35% del electorado que aún lo apoya, y la necesidad de que las instituciones concentren sus esfuerzos en la calamidad del Coronavirus, confieren a Bolsonaro una dosis extra de oxígeno político.

En todo caso, la paciencia de los congresistas que aun apuestan por una ética de responsabilidad depende de la capacidad del gobierno de estancar las lesiones en la pata económica. Un divorcio litigioso con el Ministro de Economía y la consiguiente pérdida de apoyo del sector empresarial agregaría leña al fuego del atajo judicial para quitarle la Presidencia a Bolsonaro sin la necesidad de un tedioso proceso de impeachment. Es precisamente en este atajo – investigaciones por obstrucción a la justicia y otros crímenes comunes denunciados por Sergio Moro – que el golpe puede ser letal para Bolsonaro. Aunque una condena por crímenes comunes y la suspensión judicial de su mandato depende de autorización con quorum calificado del Congreso, dicho trámite sería menos engorroso y más rápido que un juicio político tal como el enfrentado por Collor de Mello y Dilma Rousseff en su momento.

En medio a este ajedrez político-judicial, Moro sigue dando declaraciones comprometedoras sobre la manera cómo el presidente ha utilizado su cargo para blindar sus propios escándalos y sobre todo los de su clan familiar. Mientras tanto, el exjuez y ahora exministro guarda silencio cuando le preguntan si será candidato a presidente en las elecciones de 2022. Esta parsimonia sobre los próximos pasos, propia de los buenos políticos; su status de celebridad judicial pese a actuaciones que muchas veces mezclaban lo jurídico con lo político; y el peso del electorado lavajatista posicionan a Moro como uno de los principales contrincantes de Bolsonaro, en caso de que éste sobreviva políticamente hasta 2022.

La omisión demostrada hasta ahora por las instituciones públicas que deberían ser un contrapeso al Poder Ejecutivo podría ser capitalizada por Moro, quien posee experiencia en manejar el sentimiento popular de que la solución para los problemas del país pasa por encontrar un nuevo salvador de la patria defraudada en su momento por Lula da Silva y ahora por el falso mesías Jair Bolsonaro. Es justamente en el enaltecimiento al líder, y en el ofuscamiento de las instituciones, que el bolsonarismo y el lavajatismo se unen, con una diferencia meramente de grados. Mientras Moro disimula y rechaza haber roto reglas procesales y del Estado de Derecho cuando fungía como Juez, Bolsonaro exalta el desprecio por las instituciones republicanas.

Moro suele desviar el asunto cuando le preguntan si dialogaba con el equipo de campaña de Bolsonaro en el 2018, al tiempo que entregaba selectivamente a la prensa delaciones de ex Ministros del Partido de los Trabajadores (PT) y aceleraba el trámite de juicios penales contra Lula, para que el eterno candidato presidencial del PT fuese inhabilitado y para enlodar la campaña de Fernando Haddad, anunciado a última hora como Plan B del PT en las elecciones. Bolsonaro, a su vez, no tiene reparos en nombrar a un amigo personal de sus hijos como Director de la Policía Federal, justo cuando dicha entidad realiza investigaciones que podrían implicarlos directamente.

El futuro político de Moro pasa por la capacidad de convencer a parte del electorado de que es tan solo un náufrago sobreviviente de un barco que se hundió por la impericia de su capitán. Pero esta narrativa puede frustrarse, si el capitán u otros marineros traen a colación evidencias de que Moro es igualmente culpable por el naufragio del buque en que la democracia brasileña embarcó en el 2018. En este caso, la suerte de Moro podrá ser similar a la de Luis Alejandro Velasco, único sobreviviente del naufragio del buque colombiano Destructor Caldas, en 1955. Su rescate con vida le rindió heroicidad y le dio a la armada colombiana un prestigio que fue capitalizado por el entonces general y dictador Rojas Pinilla. Años después, se supo que la real causa del suceso había sido un sobrepeso por una carga de contrabando, por lo que el náufrago sobreviviente y el gobierno de turno cayeron igualmente en desgracia ante la opinión pública.

El testimonio de Velasco fue inmortalizado por Gabriel García Márquez en una serie de reportajes convertidos en el libro “Relato de un Náufrago.” García Márquez describió la entrevista a Velasco como el “relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre.”

Para la mala suerte de Moro, el capitán Bolsonaro sigue lejos de naufragar y tiene a su disposición una verdadera milicia digital capaz de disparar críticas y campañas de desprestigio en red social, contra adversarios y, en ocasiones, contra sus propios aliados. Irónicamente, cuando medios de comunicación revelaron diálogos privados que indicaban coordinaciones irregulares entre Moro y Fiscales del caso Lava Jato, la milicia digital bolsonarista fue accionada para desacreditar a los mensajeros y Moro se rehusó a entregar su celular para que una pericia descartara el contenido de las comunicaciones filtradas a la prensa. Ahora, Moro depende de una pericia en su celular para demonstrar las acusaciones hechas contra Bolsonaro y se expone a los ataques de la misma maquinaria que le rescató cuando el cuestionamiento a su imagen de juez intachable parecía naufragar junto con su carrera política.

 

*Abogado brasileño y Director de Programa, DPLF.

Foto: Wikimedia Commons

Acerca de Justicia en las Américas

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