Las Américas, sus cumbres y miopía

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Autor: Daniel Cerqueira*

foto 2Desde la realización de la Primera Cumbre de las Américas en Miami (1994), la realidad del continente ha cambiado de forma considerable. En aquel momento, los jefes de Estado y de gobierno compartían la premisa de que la liberalización del comercio y la integración económica serían los elementos propulsores del desarrollo y bienestar en la región. Así quedó registrado en la Declaración de la Primera Cumbre:

“El libre comercio y una mayor integración económica son factores clave para elevar el nivel de vida, mejorar las condiciones de trabajo de los pueblos de las Américas y proteger mejor el medio ambiente. Por consiguiente, decidimos iniciar de inmediato el establecimiento del Área de Libre Comercio de las Américas [ALCA] en la que se eliminarán progresivamente las barreras al comercio y la inversión.”

Dos décadas más tarde, China se ha convertido en el principal importador, exportador, inversionista y prestamista de buena parte de los países de América Latina y del Caribe. Según datos del Instituto de Gobernanza Económica Global de la Universidad de Boston, entre 2005 y 2013, China otorgó más de 102 mil millones de dólares en préstamos a América Latina, valor que supera el monto otorgado por los bancos multilaterales con sede en Washington DC, y que convierte a Shanghai en la nueva capital financiera de la referida región. Al día de hoy, lo más cercano al ALCA en el continente es un bloque político-diplomático cuyo acrónimo – ALBA – es una oposición deliberada a la apuesta por el libre comercio panamericano.

Si en el aspecto económico el consenso expresado en Miami ha fenecido, en el ámbito diplomático viene agonizando la capacidad de los gobiernos de la región de encontrar consenso sobre la agenda hemisférica. En las cumbres de Cartagena (2012) y Puerto España (2009), el principal obstáculo para la adopción de una declaración final de jefes de Estado fue la exclusión del gobierno cubano. En la más reciente cumbre celebrada en Panamá (2015), la ausencia de una declaración final se debió a las diferencias en torno a un párrafo propuesto por algunos países del ALBA, que rechazaba la orden ejecutiva de la Casa Blanca que califica al gobierno venezolano de “amenaza extraordinaria e inusual a la seguridad nacional” de Estados Unidos.

Más allá de las razones coyunturales que han favorecido el disenso en las últimas tres cumbres, mucho antes de la primera cita entre presidentes y primeros ministros realizada de 1994, la integración regional ya padecía de una miopía caracterizada por dos síntomas principales: i) una mirada intergubernamental disociada de las demandas de la sociedad civil y la ciudadanía; y ii) la facilidad con la que controversias bilaterales convierten los temas de interés hemisférico en algo opaco y, por lo tanto, fuera del alcance de la mirada intergubernamental.

En la cumbre de Panamá, el primer síntoma puede ser ilustrado con el elogio de Barack Obama a la reforma energética recientemente aprobada en México. Lo que para el presidente de Estados Unidos va a generar empleo y desarrollo, para una parte considerable de la sociedad civil y población mexicana va a provocar conflictividad social y, a la postre, la violación del derecho fundamental de varias comunidades indígenas a ser previamente consultadas por cualquier decisión gubernamental que afecte su territorio tradicional.

Con relación al segundo síntoma de la miopía interamericana, no deja de sorprender la prioridad que algunos jefes de Estado dieron a la controversia entre Estados Unidos y Venezuela durante la cumbre de Panamá. Es un hecho casi indiscutible que la orden ejecutiva ha sido una decisión torpe y desprovista de sensibilidad política hacia la polarización por la que atraviesa la sociedad venezolana. Si lo que buscaba la Casa Blanca era aumentar el costo político de las graves violaciones de derechos humanos que vienen siendo cometidas a diario en Venezuela, su estrategia no ha sido la adecuada. Lo que se ha logrado es radicalizar aún más la postura del gobierno de Nicolás Maduro de ignorar a la oposición política y la protesta social como una expresión legítima de participación democrática. Sin perjuicio de lo anterior, es inaudito que las diferencias entre dos gobiernos sean capaces de frenar el posicionamiento conjunto de los jefes de Estado de la región sobre sus proyecciones para sus pueblos.

Durante la mayor parte de la Guerra Fría, la relación entre Washington y sus pares de América Latina y el Caribe pareció haber sido diseñada desde el Departamento de Defensa y su filial panameña, la Escuela de las Américas. Mientras Estados Unidos puso en marcha todo un plan de reconstrucción – Plan Marshall – para contener la influencia soviética en una Europa devastada por dos guerras mundiales, en América Latina lo más cercano a un plan de integración dirigido a contener el comunismo internacional fue probablemente el Plan Cóndor. En esta trayectoria de integración regional, la Cumbre de Miami simbolizó un gesto de autocrítica de la diplomacia estadounidense, en la que el diseño de su relación con América Latina y el Caribe migraría del Departamento de Defensa al Departamento de Comercio. Por su parte, la Cumbre de Panamá será probablemente recordada como el hito que marcó el inicio de la diplomacia para la región desde el Departamento de Estado y de la propia Casa Blanca.

Sería demasiado esperar que en Panamá, país cuya historia acumula un largo repertorio de asperezas en la relación entre el norte y el sur del continente, la miopía interamericana fuese curada con un apretón de manos entre Obama y Castro. Para quienes estuvimos en la Cumbre de las Américas, la miopía fue más evidente que nunca y no solo por la conducta de los líderes regionales. Durante el foro de la sociedad civil, celebrado días antes del foro presidencial, las arengas de cubanos y venezolanos oficialistas contra la presencia de nacionales de la oposición, y los recurrentes altercados entre ambos grupos, fueron reflejo también de esta miopía interamericana que le da nitidez a las diferencias y opacidad a la posibilidad de solucionarlas. Asimismo, la cumbre fue sede de incongruencias como la de castristas y chavistas recitando consignas antiimperialistas del tipo Yankee go home, al mismo tiempo que podía verse una postura conciliadora de Raúl Castro frente a su homólogo estadounidense en donde resonaba más bien un mensaje subliminal de Yankee welcome home.

A juzgar por el desarrollo de las discusiones durante el foro de la sociedad civil y la ausencia de una declaración final de presidentes en Panamá, si el emblema oficial de la Cumbre de 2015 no hubiere sido “Prosperidad con Equidad”, uno pensaría que su único propósito fue registrar la histórica reunión entre los presidentes de Cuba y Estados Unidos. Habrá que ver si este pequeño paso diplomático significará un gran salto para el futuro de la integración entre los gobiernos de las Américas. De confirmarse el supuesto, falta aun un paso importante para la integración entre la agenda de los foros intergubernamentales, y las demandas y expectativas de sus ciudadanos allí representados.

*Daniel Cerqueira es Oficial de Programa Sénior, Due Process of Law Foundation

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