Magra OEA recibe Almagro

Autor: Nelson Camilo Sánchez*

4926439313_320d18de03_zCasi al borde de anunciar en los diarios: “Se busca Secretario General para prestigiosa organización internacional” estuvo la Organización de Estados Americanos (OEA). Hacia mediados de marzo, su Asamblea General se reunirá de manera extraordinaria para elegir por aclamación al único candidato en contienda, el Ex Canciller uruguayo Luis Almagro. Así se cerrará el que quedará para la historia como el más lánguido, aburrido y penoso proceso de designación de quien dirigirá, por cinco años, los destinos de una de las organizaciones regionales más antiguas del mundo.

Desde los inicios del proceso se notaba la falta de interés de los Estados americanos por el futuro de la OEA. Para nadie es un secreto que la organización viene en caída libre desde hace tiempo. Para empezar, su crisis financiera ha venido achicando su tamaño y su poder de influencia. Según datos de su Secretaría General, debido a la falta de recursos, en 2010 se eliminaron 13 posiciones del Fondo Regular, 45 en 2011, 18 en 2012 y 22 en 2013. En total, el personal se redujo en este breve período de tiempo de 547 a 449 funcionarios, es decir, 18% en menos de cuatro años.

Adicionalmente, el rol de su actual Secretario General, José Miguel Insulza la ha dejado en jaque con casi todos los espectros ideológicos de la región. La OEA ha sido escenario reciente de las disputas ideológicas que se suscitan en la región así como del sentimiento anti norteamericano propuesto por varios gobiernos suramericanos. Insulza trató de navegar la situación jugando en ambos bandos, pero al final lo que logró fue alienarlos a ambos, como se denota de una enconada crítica de su mandato por parte del congreso estadounidense, así como de su airado enfrentamiento con el Canciller Patiño, de Ecuador, en la más reciente Asamblea General.

Y como consecuencia de esta disputa ideológica y de las reticencias sobre el rol de la OEA en ella, los Estados latinoamericanos le han venido abriendo huecos a la legitimidad de la organización, apostándole a otras formas de cooperación e integración regionales. Desde la reconfiguración de mecanismos de cooperación inicialmente orientados por lógicas comerciales como el Mercosur o la Comunidad Andina de Naciones, a la creación de instancias nuevas como la Celac y el Alba.

Al final, por la acumulación de estos factores, tenía más interés la repetición en radio de un partido por el tercer puesto de un campeonato de fútbol que esta elección. Y los primeros en notarlo fueron los grandes jugadores. México y Brasil, aquellos países que por su liderazgo político e ideológico podrían echarse la OEA al hombro, pasaron desapercibidos. Mucho se especuló sobre una candidatura de México a la Secretaría General, que hace unos años parecía obvia, pues en el turno anterior en una cerrada carrera Chile se había impuesto a México por la Secretaría General. Pero los manitos no se animaron; no parecía ser el momento para entrar en una competencia con los países suramericanos por un premio tan poco llamativo como dirigir una organización en decadencia.

En Brasilia, Itamaraty ni se dio por enterada. Especialmente después de que su aliado subregional postulara a su canciller como candidato. Era el mejor escenario para Brasil, ganaba por lado y lado: no tenía que desgastarse en una campaña, pero si salía Almagro reclamaba la victoria como propia.

Este es el escenario regional que le da la bienvenida al Secretario Almagro. De su liderazgo depende que se concreten dos de los grandes retos que tiene la organización para sobrevivir y retomar vigencia. Lamentable sería que desapareciera o que siguiera este proceso paulatino de marchitamiento. Con todo y sus críticas, la OEA sigue siendo el único foro de discusión política regional que incluye a todos los Estados de la región y en donde los países latinoamericanos y caribeños pueden interactuar al mismo nivel con los Estados Unidos. Además, sigue atesorando un sistema de derechos humanos regional que se ha constituido ya en patrimonio invaluable de los pueblos de las Américas.

El primero de estos retos es reconstituir a la OEA como un foro de discusión política al más alto nivel. La Asamblea General de la OEA es hoy en día, en el mejor de los casos, un foro de cancilleres, mientras que las cabezas de Estado se reúnen y dialogan con mayor facilidad e interés en otros foros como la CELAC. La OEA debe volverse otra vez atractiva a las discusiones regionales. El acercamiento de las relaciones entre EEUU y Cuba puede ser la clave para retomar el terreno perdido.

El segundo reto es el de encontrar su rol en las circunstancias actuales y racionalizar sus mandatos. A lo largo de la historia, los Estados han ido colgándole obligaciones a la OEA que las ha ido aceptando a pesar de que no tiene la capacidad para hacerlas todas, y para hacerlas bien. Es la hora de determinar cuáles de estos mandatos realmente pueden y deben ser adelantados por la OEA. Insulza deja una hoja de ruta importante, pero que se ha reducido a una discusión que mantiene ocupados a los diplomáticos de Washington, pero que no tiene un impacto real en las capitales, que es donde realmente se toman las decisiones.

Una OEA debilitada, casi en los huesos, recibe Almagro. Frente a grandes retos se requieren movidas audaces. Allí es donde un líder proveniente de un país como Uruguay, que en los últimos años ha sorprendido al mundo precisamente por su arrojo en temas como la liberalización de la política de drogas, puede darle precisamente el nuevo aire que requiere la OEA.

*Nelson Camilo Sánchez es Profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador de Dejusticia

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