Los derechos de las campesinas y campesinos y la necesidad de garantizarlos frente al COVID-19 y en la construcción de una “nueva” normalidad

Ana María Suárez Franco y Andrea Nuila*

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Según la FAO (2019), el 90% de las granjas de agricultura familiar produce más del 80% de los alimentos que consumimos globalmente. Las comunidades campesinas, pescadoras, pastoras, sin tierra e indígenas, contribuyen a alimentar adecuadamente a la humanidad, a partir de una relación balanceada con la naturaleza. Paradójicamente, las mismas personas que nos alimentan se ven sometidas diariamente a violaciones sistemáticas de sus derechos (Consejo Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, 2012). Estas incluyen, el acaparamiento del agua, la tierra y las semillas, la destrucción de sus medios de vida a causa de las actividades extractivas, la contaminación y destrucción de los ecosistemas y su diversidad, la aspersión de pesticidas perjudiciales para su salud, la pérdida de su soberanía alimentaria, las precarias condiciones laborales de las y los trabajadores agrícolas, la carga extrema de las labores de cuidado y la violencia que sufren las mujeres en las zonas rurales,  la criminalización de la defensa ambiental y los derechos humanos, la destrucción el tejido social, entre otras. Estas y otras violaciones suelen tener un carácter interseccional, afectando en diverso grado a grupos específicos tanto por ser campesinos como por su origen étnico, religión, edad, orientación sexual, estatus socio-económico, entre otras.

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