¿Se tortura en las prisiones de El Salvador? Una pregunta para la Corte Suprema

Desde hace varios años, pareciera que el Estado de El Salvador se empeña en consolidar una aterradora reputación sobre de la manera en la que personas privadas de la libertad son tratadas dentro de las bartolinas y cárceles salvadoreñas. Basta con mirar las imágenes que despliega el buscador en internet o dar un vistazo a aquéllas publicadas por el presidente Nayib Bukele para entender que las exiguas condiciones de vida en las prisiones no son sólo producto de la negligencia o el descuido. Al contrario, son el resultado de una política de Estado premeditada; una estrategia guiada por la falsa creencia de que mientras más insoportable sea la vida en prisión, la probabilidad de que alguien decida delinquir va a disminuir proporcionalmente.[1] Ello se ha materializado en dos escenarios que, aunque opuestos, resultan igualmente inconstitucionales.[2] Por un lado, un entorno de hacinamiento e insalubridad para la población penitenciaria, en general. Por el otro lado, y para quienes se atribuyen los delitos más graves, un régimen de aislamiento permanente en mazmorras totalmente cubiertas de acero para bloquear la entrada de luz natural y evitar cualquier posibilidad de visibilidad hacia el exterior.[3]

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Salvadoran prisons: a portrait of extraordinary cruelty

Marien Rivera

Español

Old steel door that open to the outside.

Juan turned twenty years old a month ago. As a birthday present, his mother got a lawyer to transfer him from Izalco to Apanteos, both prisons in El Salvador. Juan has already been in custody for a year and a half, yet his trial has been postponed for the third time. Officially, he is being accused of belonging to a “Barrio 18” extortionist gang cell, although, in reality, Juan’s most serious “offense” is inhabiting the impoverished neighborhood of Las Palmas. This is a common scenario resulting from massive raids against young people pigeonholed as gang members. Two years ago, a series of “extraordinary measures” were implemented in prisons. As a result, transfers of prisoners to their own hearings were suspended, family visits were canceled and commissaries closed; since then, inmates have no access to most essential goods. From the time Juan entered prison, his only clothes have been the very same briefs he was wearing at the time of his arrest. Everything else was taken away. When available, he uses water solely for his personal hygiene. In Izalco, Juan shared a tiny cell with other sixty inmates, thus, it was not uncommon to be forced to spend twenty-four hours a day with portions of his body hanging outside the prison cell. Despite the unbearable overcrowding, due to these new measures, authorities drastically reduced patio hours: they were allowed to step out of their booths three times a week, just for an hour. Upon his arrival at Apanteos, Juan was diagnosed with advanced stage tuberculosis, but there is no available treatment for him. His chances of reaching twenty-one are growing slimmer every day. Like Juan, at least another 18,000 inmates are awaiting trial;[1] most of them are young people under 25 years of age, holding no more than basic education, branded as gang members.[2]

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Prisiones salvadoreñas: el retrato de una crueldad extraordinaria

Marien Rivera

English

Old steel door that open to the outside.

Juan cumplió veinte años hace un mes. Como regalo de cumpleaños, su madre consiguió que un abogado lo trasladara del penal de Izalco al de Apanteos, en El Salvador. Juan lleva ya un año y medio en prisión preventiva y su audiencia de juicio se ha pospuesto por tercera vez. Formalmente, lo acusan de pertenecer a una célula de la pandilla 18 que se dedica a la extorsión, aunque, en realidad, el error más grave que ha cometido Juan es vivir en el empobrecido barrio de Las Palmas; escenario común de redadas masivas contra jóvenes presuntamente pandilleros.

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